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Seguridad ante todo: ¿cómo frenar sobre asfalto mojado?

El agua sobre la carretera reduce la adherencia y obliga a ajustar nuestro estilo de conducción. Descubre, a continuación, algunos consejos para conducir con seguridad bajo la lluvia

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La mejor indicación que podemos seguir cuando empieza a llover y estamos de viaje es tranquilizarnos al volante, afinar los sentidos y conducir con sumo cuidado. Aunque los coches modernos están dotados de importantes ayudas a la conducción, no podemos olvidar algunas técnicas de conducción clásicas, que nos pueden ser de utilidad para compensar posibles errores humanos. Porque la lluvia, los charcos o una superficie húmeda pueden conducir a situaciones de riesgo, como, por ejemplo, el temido aquaplaning.

Este fenómeno ocurre cuando se acumula delante de las ruedas una cantidad de agua superior a la que éstas son capaces de dispersar. El líquido elemento, pues, genera presión entre la cubierta y la superficie de asfalto. Cuanto mayor sea la profundidad del charco y más alta sea la velocidad a la que circula el vehículo, mayor será el riesgo de sufrir este fenónemo. Huelga decir que, al carecer de adherencia, es imposible dirigir o frenar correctamente.

La importancia de la profundidad del dibujo del neumático

El primer ajuste a realizar en nuestro estilo de conducción es el cálculo mental de la distancia de frenada, que será siempre mayor sobre una superficie deslizante. Por norma, adopta un margen de seguridad y anticipa la maniobra el doble de metros respecto al punto en que frenarías sobre asfalto seco. Y si sospechas que puede haber hielo en la carretera, multiplica tu previsión por diez.

Otro consejo a tener en cuenta es cuidar el estado de los neumáticos, en particular la profundidad del dibujo de su banda de rodadura, detalle que sobre piso mojado adquiere una importancia capital. Este ejemplo lo deja bastante claro: con 8 mm de profundidad la distancia de frenada para detener por completo un turismo que circula a 80 km/h es de 42,3 metros. Si ese espesor es de tan sólo 3 mm requerirá 51,8 metros. Y con el mínimo legal, 1,6 mm, precisará de 60,9 metros, o lo que es lo mismo, 20 más que con un neumático nuevo.

La presión de tus cubiertas también es determinante –tanto cuando llueve como cuando no. Si están por encima o por debajo de la referencia recomendada por el fabricante del vehículo acabarán desgastándose de modo irregular, amén de ofrecer un nivel de adherencia desequilibrado durante la frenada.

Tus pies mandan

Las frenadas sobre superficies mojadas requieren de un cierto “feeling” con los pies. Esto es, sin pasarte de fuerza, debes “acompañar” a los pedales durante las maniobras para evitar bloquear las ruedas y perder el control de la dirección. En caso de pérdida de adherencia, levanta el pie del acelerador y evita movimientos bruscos con el volante. El procedimiento correcto pasaría por presionar el embrague o seleccionar la posición N de la palanca de cambios –si la caja es automática– para reducir la velocidad y recuperar progresivamente el control del vehículo.

Dar o quitar potencia cuando toca

Si debes frenar o cambiar bruscamente de dirección –para evitar un obstáculo mientras circulas en línea recta, por ejemplo– te recomendamos que pises el freno con decisión el máximo tiempo posible que puedas circular con el coche recto, luego levantar el pie del pedal para recuperar la correcta transmisión de la potencia y modificar la trayectoria con el volante. Sólo cuando hayas completado la esquiva deberás frenar otra vez, a fin de aumentar el efecto de la frenada y no perder el control.

En caso de entrar a una curva a velocidad excesiva, sin duda deberás echar mano del pedal de freno –eso sí, con extrema delicadeza–pero nunca pisar el embrague. Esta acción eliminaría el efecto que ejerce el “freno motor” sobre el vehículo, haciéndote casi imposible recuperar el control, ya que las fuerzas sobre los neumáticos no estarán equilibradas y forzarán un indeseado patinaje.